La invasión alimentaria: arma ¿principal? del
imperio americano
Somos testigos, una vez más de un discurso del
poder que nos presenta la inversión de la realidad como lo cierto: estamos en
el reino de los “movimientos continuos”, de los flujos ininterrumpidos,
“gozamos” de la posibilidad de alimentar ”con lo mejor” a nuestras mascotas,
con comidas que viajan más de diez mil km, hemos “superado” la restricción de
la comida de estación, porque podemos comer “todo” todo el año, ya sea que
provenga de Brasil, de EE.UU. o del Asia, las góndolas de los supermarkets y
las boutiques de los shoppings (queda más global con las voces originales,
¿no?) cuentan con artículos y mercancías jamás alcanzables otrora, así que
parece que estamos no sólo “en el mejor de los mundos”, como nos enseñaba el
profesor Pangloss, sino en el reino de las elecciones y la diversidad.
Y bien, la realidad es ligeramente disímil: nos
encontramos, los que constituimos ”los grandes números”, en una postración
progresiva y se acrecienta la marea de los que vamos siendo excluidos.
Y todas esas libertades a que somos inducidos
responden más bien a resoluciones monopólicas que están muy lejos de nuestras
decisiones cotidianas.
Las sociedades humanas, las diversas etnias y
agrupamientos sociales en general, han sido autosuficientes, sustentables,
porque sencillamente era una cuestión de vida o muerte. No se conocen
sociedades suicidas.
Esta sustentabilidad, esta soberanía alimentaria
se rompe cuando Occidente empieza a usar los ecosistemas de otras sociedades
para sí. Y surge entonces otra causa de hambre que no pasa por el clima o las
catástrofes naturales.
Así empezó la insuficiencia, la dependencia
alimentaria y su contracara, la importación de alimentos básicos o sus
“obsequios”, lo que Devinder Sharma nos recuerda como el indigno sistema “del
barco a la boca”.
Pero estas sociedades actuales, totalmente
postradas en el aspecto del automantenimiento, de la autoconservación,
esconden en ello un potencial despótico formidable, por más enmascarado o
cosmetizado que esté.
Acerquémonos el cuadro de situación en un aspecto
crucial de nuestras sociedades, el de los movimientos de nuestros alimentos.
Tomemos primero un par de ejemplos de nuestra América.
Colombia fue un tradicional autoabastecedor de
trigo. Hasta que hace unos pocos años, debido a la presencia siempre mayor,
irreversible, de trigo estadounidense, se fue convirtiendo en importador.
Veamos un cuadro de situación, donde los números
hablan por sí solos:
En 1966 se producía 160 000 toneladas, entonces se
importaban 120 000 toneladas.
En 1990 se producía 20 000 toneladas y se
importaban 1 200 000 t.
En el 2004, la importación supera 1 800 000 t.
¿Cómo se explica semejante desequilibrio? Así lo
explica Hernán Pérez Zapata:[1]
“El gobierno colombiano, a través de convenio impuesto por EE.UU., aceleró
las importaciones.
Se congelaron los precios de sustentación del
IDEMA [sigla de algún organismo regulador colombiano que no identificamos, n.
del ed.: los corchetes serán todos así] a los productores durante diez años.
Los costos de producción se incrementaron. El trigo importado era fiado, para
ser pagado a largo plazo y con una tasa de interés del 2% anual. El efecto fue
la ruina de los productores.”
Con el maíz, producto básico de la alimentación
nacional colombiana, pasa otro tanto. De autosuficiente en décadas anteriores,
en los 80 empieza una lenta pero sostenida sustitución de maíz nacional por
importado. El contraste es, si cabe, más dramático.
Luego de haber oficiado Colombia como lugar de
origen de valiosísmas variedades maiceras, de haber desarrollado el maíz ETO
que Colombia ayudó a difundir para países de clima tropical (se adoptó en 35
países a la vez productores de café), este país entra al s. XXI con una clara
dependencia alimentaria también en maíz. Veamos algunas cifras:
Entre 1900 y 2002 el país pasa de importar 20 000
toneladas a 1 800 000 t. En este último año, la producción propia es de 1 100
000 t.
Para el 2004, la promesa de Uribe era 500 000 t.
de producción propia y 2 500 000 t. importado que proviene de EE.UU.[2]
Este desmantelamiento de la producción alimentaria
propia se grafica dramáticamente en las asignaciones presupuestarias del país:
en la década de los 70, al Ministerio de Agricultura le correspondía el 7 %
del presupuesto nacional, en el 2003 no llega al 0,8 %, lo cual expresa
crudamente la privatización de las funciones vinculadas al agro.
Los grandes consorcios, mal llamados
transnacionales, agroquímicos, semilleros, transportistas, de parabienes:
ellos hacen la política agrícola y alimentaria del país, obviamente para
beneficio propio.
¿Percibe el lector algo similar en tierras
rioplatenses?
Veamos un cuadro de situación de otro país cercano
a EE.UU.: Haití.
En 1985 producía 154 000 toneladas de granos e
importaba 7 000.
En 1995, producía 100 000 e importaba unos 200 000
toneladas anuales.
En 2004, la producción propia apenas llega a 76
000 toneladas anuales, todo el país sacudido por el golpe de estado y la
ocupación estadounidense; la importación ronda las 400 000 toneladas.[3]
El patético cuadro que pintan las cifras tanto
colombianas como haitianas se repite en todo el glacis estadounidense, en ese
Mare Nostrum norteamericano que es el Caribe (con la excepción, claro, de
Cuba, de la Cuba de la segunda mitad del s. XX).
Pero la misma situación se extiende por todo el
orbe, sobre todo en países donde EE.UU. ha logrado articular su política con
alguna coyuntura interna, como puede ser una sequía o una catástrofe natural o
humana, como una guerra.
Está el ejemplo prístino de Corea del Sur (donde
validos de la dependencia geopolítica de un país partido por “la guerra fría”
lograron hacer un nicho importante para el trigo (estadounidense), al servicio
de gigantescas cadenas de pan industrial blanco de tipo american) haciendo
retroceder a los cultivos de arroz, o el de Egipto ingresado en dependencia
alimentaria “generosamente” compensada por una política de “ayuda” american,
pero se trata de un fenómeno, una relación (de poder y dependencia) que se
pasea por todos los continentes.
La secuencia siempre es la misma: ante una
coyuntura desfavorable, una sequía, una guerra, EE.UU. “entra” con cereales
generalmente gratis, que arrinconan a los productores locales que hayan
sobrevivido física y económicamente en esa coyuntura pero que no pueden
competir con granos gratis o muy subsidiados.
Al año siguiente, los granos gratis desaparecen o
los precios se “normalizan” pero ya han logrado hacer desaparecer de la
producción local a un porcentaje significativo de campesinos, de agricultores.
Lo que desaparece como trabajo rural, reaparece como marginación, postración y
desocupación urbanas.
Es decir, los pobres marginados del campo engrosan
los cinturones urbanos de miseria: un fenómeno que vemos extenderse por los
cinco continentes como mancha maligna del sistema de producción “hipermoderno”
y globalizador.
Así comienza Luis Hernández Navarro su “La guerra
de los alimentos”, que se refiere a la penetración en México, pero que él
también hace extensiva a todo el mundo:
“La producción de alimentos es un arma clave y
poderosa que EE.UU. ha aceitado desde hace décadas. Guerra, alimentos y
derechos de propiedad intelectual están estrechamente vinculados a la
estrategia económica de la Casa Blanca [...] Desarrollo de la industria
militar, producción masiva de granos y patentes han sido pilares de la
hegemonía estadounidense en la economía mundial.”
[4]
Un resultado, entre otros, es la pérdida de
soberanía alimentaria.
El incremento del comercio internacional es
vehiculizado por la OMC, de un modo muy definido: al servicio de los grandes
consorcios diz que transnacionales pero en rigor con bandera, y sigue
principalmente un único trillo: alimentos básicos del centro a la periferia,
alimentos exóticos de la periferia al centro.
La dieta sobre la que descansa la sobrevivencia de
la mayor parte de la humanidad está siendo cuidadosamente planificada para que
sea provista cada vez por menos manos, es decir por centros de poder cada vez
más concentrados.
Otro resultado de estos procesos es la
marginación.
Lo dice claramente Enrique Ortiz Flores en un
informe que presentara a la Asamblea Mundial de Pobladores de la Coalición
Internacional del Hábitat, México DF, 2001, enfrentada a la Conferencia
Hábitat de la ONU:[5]
“La estrategia fundamental es sacar a los pobres de la economía de
subsistencia en la que son sujetos activos para convertirlos en sujetos
pasivos de la economía de mercado. Eliminarlos como productores para pasarlos
a ser clientes consumidores y empleados, o ‘dependientes’ en el mejor de los
casos, de las empresas transnacionales.”
El urbanista suizo-mexicano Jean Robert ya lo
había planteado, en rigor agravado, en 1996: “Los grandes negocios usan la
bandera de la modernización para justificar renovaciones que transformen hasta
a los más pobres en clientes compulsivos [...] destruyendo los instrumentos y
tradiciones que permiten a la gente soportar la pobreza: convierten la pobreza
en indigencia.”
[6]
Como se ve, el proceso de arrasamiento de las
autonomías golpea a los seres humanos tomados como entidades políticas y a los
mismos seres humanos tomados individual o familiarmente.
Volviendo a la escala nacional, veamos como define
las perspectivas de su país nuestro pluricitado ingeniero agrónomo colombiano,
Hernán Pérez Zapata: nos recuerda que las rondas de “negociaciones” de
Colombia con el TLCAN le otorgan a Colombia el papel de exportador de
“productos tropicales”: “palma, banana, cacao, caucho, yuca, café”. Y agrega:
“El resto de la producción agropecuaria, especialmente la de alimentos básicos
para nuestra dieta, será arrasada, como ha ocurrido con el trigo y el maíz.”
[7]
Y Aurelio Suárez Montoya, otro colombiano
preocupado, titula su artículo sobre el acuerdo agrícola entre Colombia y
EE.UU.: “El holocausto de la agricultura colombiana en Tucson” y resume: “Todo
conduce a la imposición del modelo en el cual EE.UU. suministra los alimentos
y la dieta básica y los países tropicales competimos entre sí por proveer los
postres ‘exóticos’, léase café, banano, cacao, frutas del trópico, almendras,
entre otros.”
[8]
En países excepcionalmente fuertes en el rubro
alimentario, como Argentina, la situación varía un tanto y el destrozo no es
tan evidente. La modalidad de los flujos difiere, aunque la división de
tareas es exactamente la misma: aquí, en lugar de apostar a que le proveamos
al Primer Mundo los postres, se trata de que la Argentina neocolonizada provea
de forraje a los animales de consumo humano, de Europa o Asia.[9]
A mediados de los 90 el Ministerio de Agricultura
de EE.UU. (USDA por su sigla en inglés) ventiló sus planes para “alimentar el
mundo”. Sobre la base de gruesos informes y abundantes datos, su craneoteca
estableció que las praderas norteamericanas y las pampas argentinas alcanzaban
para nutrir a todo el planeta de granos.
Estos planes le otorgan aparentemente a la
Argentina un papel protagónico como proveedor y “a la par” de quienes procuran
regir los destinos de la comida del resto de los mortales. Con precisa
sincronía, supieron publicitar estos “planes” –que en realidad son planes
de atroz dependencia alimentaria para todo el resto de países y sociedades– en
pleno menemato, sabiendo con qué bueyes araban.
La idea de que EE.UU., con el apoyo de algún otro
proveedor como Argentina, sea el encargado de suministrar alimentos básicos a
las diversas sociedades humanas de los cinco continentes es una forma de
sujeción de los seres humanos increíblemente fuerte e indigna. Porque
establece el sistema “del barco a la boca” como lo define Devinder Sharma,
postrando a una sociedad siempre pendiente de recibir los alimentos a tiempo,
para no morir de hambre.
La idea de macroproveedores tiene otros resultados
interesantes: le otorga a los productores de tal masa de alimentos una idea de
su excelencia moral que está totalmente reñida con la verdad, pero que falsa
como es, resulta altamente gratificante.
Basta ver el regodeo en las cifras de Clarín
Rural.[10]
o la actitud de los productores agrarios estadounidenses: se sienten
salvadores-de-los-pobres-del-mundo y ante la invitación del gobierno de
incrementar la producción (para dominar y doblegar mercados extranjeros, algo
que no se les aclara), los campesinos devenidos propietarios y generalmente
patrones, ¡aceptan donar hasta un 50% de su producción! Creen sinceramente que
están haciendo “una buena acción”.[11]
Volviendo al caso argentino, el deterioro del
consumo interno es tanto como para tener que afirmar que Argentina hoy no está
ni siquiera en condiciones de alimentar (sanamente, como en tiempos
pretéritos) a su propia población manteniendo a la vez el destino de
exportación para una parte de sus alimentos.
Sin embargo, las estadísticas recitan
permanentemente acerca de los récor de producción (y exportación) de
alimentos.[12]
Por otra parte, hasta las estadísticas oficiales verifican una cantidad de
indigentes como nunca tuvo el país. Es decir, nunca hubo tanta hambre aquí,
pese a la presunta abundancia alimentaria: prueba del nueve de la brutal
injusticia del camino emprendido.
A la indignidad que acabamos de señalar, hay que
agregar la fuerte dependencia del modelo alimentario dominante. Pensemos que
desde 1996, Argentina figura como “vanguardia” en la producción de alimentos
transgénicos. Como se hizo en silencio, en realidad desde hace casi diez años
se consumen alimentos genéticamente modificados sin saber siquiera en qué
productos (la soja GM entra como “proteína texturizada” o “lecitina de soja”
en enorme cantidad de alimentos procesados, es decir donde cuesta mucho
rastrear qué es lo que se come: salchichas, helados, galletitas, pastas,
postres y un largo etcétera).
Hay otras excepciones, aunque de carácter distinto
al caso argentino: EE.UU. no puede, pese a toda su disponibilidad alimentaria
(en gran medida a través de la quimiquización de los campos y la consiguiente
contaminación) proveer de arroz a China y a India (ambas entidades con
bastante más de mil millones de bocas cada una). Ante entidades
político-sociales de tal envergadura, la política imperial recorre otros
trámites.
Por ejemplo, para la India, el USDA (que,
repetimos, no es el ministerio agrícola indio sino estadounidense) a mediados
de los 90 postulaba rebajar la cantidad de campesinos de 500 millones a 50
millones. Ya estamos cumpliendo la década de ese diseño de polpotización
inversa y afortunadamente, los planes (que siempre se califican como de
“modernización”) no parecen haber sido cumplidos. Claro que el campesinado
indio ha debido pagar un alto precio para resistir, y no ha salido indemne.
Hacia el 2000 se estimaban en 500 los suicidios de
campesinos indios afectados por las presiones del gobierno, totalmente acordes
con las de los consorcios del agri-business: aumentos de precios de alimentos
básicos, construcción de diques que barrían a agricultores pequeños,
sobrepesca industrial que marginaba a pescadores artesanales, pago de patentes
de semillas que los campesinos usaron milenariamente, y un largo etcétera (el
gobierno indio equivalente al menemato perdió las elecciones en 2004).
Por todo lo precedente, la argumentación de los
globalistas modernosos, como Patricio Meller, ciudadano de dos primeros mundos
(universitario chileno radicado en Berkeley) de que: “Después de la II Guerra
Mundial, el comercio internacional se ha constituido en el principal motor de
crecimiento de la economía mundial”,[13]
es cierta únicamente si asimilamos “economía mundial” a la economía del Primer
Mundo y externalizamos el desbarajuste ambiental. Y el empobrecimiento y la
desestructuración de muchas economías periféricas desde el fin de dicha guerra
hasta ahora. Ya sea que hablemos de Filipinas, de México, de Uruguay, de Haití
o de Nigeria.
Pero los ideólogos de la globalización vigente, es
decir el pensamiento conservador, no tiene más remedio que enmascarar la
realidad.
Por eso no sólo habla de crecimiento donde no lo
hay sino de libertad en el reino de la concentración económica y los
oligopolios: “La globalización, el sistema de mercados libres y de libre
comercio, para ser reconocidos por todos como mecanismos adecuados, tienen que
estar insertados en una institucionalidad social que mitigue sus consecuencias
negativas.” (ibídem). Con lo cual el distinguido Meller nos da a entender que
la globalización puede ser ligeramente traumática...
Y bien: veamos otras aplicaciones de la asimetría
centro-periferia: acaba de descubrirse que el PMA (Programa Mundial de
Alimentos) téoricamente un organismo de la ONU, en los hechos una dependencia
funcional de USAID (Agencia para el Desarrollo Internacional de EE.UU., aunque
su nombre “oficial” sea Agencia de EE.UU. para el Desarrollo Internacional) ha
distribuido y sigue distribuyendo maíz Starlink en Nicaragua, El Salvador,
Guatemala y Honduras.
[14]
Hay que recordar que dicho maíz fue diseñado como un maíz para consumo humano
pero debieron abandonar el proyecto por su fuerte carácter alergógeno.
Entonces se le asignó el destino de forraje. Eso
fue todo un escándalo hace cuatro o cinco años. Un año después, se descubrió
una enorme contaminación en el sur de EE.UU.: la compañía, que lo había
comercializado, ¿lo seguía comercializando?, “por error” como alimento para
humanos, pidió un año para retirar del mercado los cientos de productos en los
que estaba como ingrediente, al costo estimado de cientos de millones de
dólares. Con la lógica que le conocemos al mundo empresario, el laboratorio
“afectado” no querría perder y “encontraron” la forma de “colocarlo” en algún
lado. ¿Qué mejor lugar que “el patio trasero”?
Vale la pena observar cómo empresas como la dueña
del Starlink unen el negocio con la moral: no querían perder el maíz
alergógeno, ¿qué mejor que “regalárselo” a países pobres necesitados? Quedar
bien con nada, hacer ganancia de pérdidas...
Las organizaciones ambientalistas que rastrearon
tal presencia en América Central hicieron la denuncia pública: “El PMA al
introducir transgénicos en la ayuda alimentaria pone en riesgo a nuestros
niños y las mujeres embarazadas, los sectores más vulnerables de nuestra
población.
Los transgénicos identificados no están
autorizados en nuestros países y el PMA debe retirarlos inmediatamente”, dijo
Julio Sánchez de Centro Humboldt-Amigos de la Tierra en Nicaragua.” (ibídem) Y
con clara conciencia de la doble moral la Alianza denunciante afirma: “Es
inadmisible que un maíz que es ilegal para el consumo humano en EE.UU. se
distribuya en nuestro país.” Y aclaraba algo lapidario: “pese a que fue
prohibido hace más de cuatro años.” Resta señalar que el “regalo” tóxico es
comprado por el PMA que paga generosamente para sus operaciones.
Claro que tales operativos cuentan con el aval de
Marías Julias locales. Hassan Adamu, ministro de Agricultura nigeriano,
escribe una nota “La biotecnología ayudará a África” donde critica a los
críticos de los alimentos transgénicos: “Si tomamos en serio sus alarmistas
advertencias, millones de africanos sufrirán y morirán, probablemente.” Adamu
nos habla de lo porvenir, al parecer no sabe o no le interesa empezar por la
comprobación de los millones de africanos muertos por el colonialismo primero
y el imperialismo después.
Millones. Hay que incluir en ese genocidio
silencioso a la enorme mortandad de niños a causa de la insidiosa campaña de
RR.PP. de Nestlé con su leche maternizada en los ’60, que arruinó los ciclos
vitales de tantas madres y arrastró a la muerte a tantos bebes, por ejemplo.
La modernización no ha sido benévola con el continente afro. Pero siempre con
formidables coartadas morales de ayuda al prójimo, eso sí. Tantos “tropezones”
exigirían mirar lo futuro con mayor circunspección y menos ingenuidad.
Los “técnicos” del mundo enriquecido peroran
permanentemente sobre el atraso de la agricultura en África. No dicen nunca,
claro, el sabio equilibrio que muchas sociedades africanas tenían antes de la
devastación colonial.
Veamos lo que nos dice Mercy Wambui Kamara sobre
Kenya: “En un país cuyo gobierno está ubicado entre los cinco más corruptos
del mundo y donde las embajadas y organizaciones internacionales están en
segundo lugar en la lista de instituciones que coimean, el mercado de la
infraestructura de la biotecnología debe haber sido una operación simple. Por
medio de dona-ciones «cuidadosamente orientadas para apadrinar y fundamentar
gastos» del gobierno [...].
[15]
La poderosísima Red de Ciudadanos de EE.UU. para
Negocios en el Extranjero (CFTA por su sigla en inglés) auspicia a lo largo de
toda África un programa, RAISE (sigla en inglés traducible como Expansión
suplementaria de elementos para una agricultura rural, una sigla que juega con
su significado, en inglés, como verbo; erguirse, elevarse).
Este programa, financiado entre otros auspiciantes
por la Fundación Rockefeller, se dedica a establecer vínculos crediticios
entre los pequeños agricultores y las grandes compañías, sobre todo
estadounidenses, dedicadas a la industrialización del agro. El CFTA promueve
en general “negocios” para la industria agroalimentaria estadounidense en los
diversos lugares del planeta donde sienta sus reales. Una suerte de lobby off-shore,
de gestiones privadas fuera de fronteras.
En resumen, en Kenya, Zambia, Zimbabwe, Mozambique
y en general en los países subsaharianos, los grandes consorcios agro-transgénicos,
el USDA, la USAID, el PMA, el PNUD, la OMS, promueven la transgenetización de
la agricultura como “la solución” al hambre del mundo, que justamente muchos
de ellos han ido provocando con la voraz exacción y el vaciamiento de las
estructuras económico-sociales locales.
Es curiosa la lógica con esto de la erradicación
del hambre en el mundo. Norman Borlaug, que ostenta el dudoso honor de
compartir su premio Nobel de la Paz con Menachem Begin, Awnar Sadat, Henry
Kissinger entre otros, sostiene, ligero de lengua, que “los ecologistas
extremistas impiden erradicar el hambre”
[16]
al oponerse a los cultivos transgénicos. Es llamativo que Borlaug no se haya
dado cuenta que el hambre existía bastante antes que los transgénicos y no
precisamente a causa de la escasez.
Andrew Kimbrell lo explica didácticamente en su
trabajo “Por qué ni la biotecnología ni las nuevas tecnologías agrícolas
pueden alimentar al mundo”:[17]
“Según Monsanto, «la actual agricultura de alto rendimiento es un gran éxito»
[...] triplicará los rendimientos de las cosechas sin necesidad de aumentar la
superficie agrícola.
[18]
”La propaganda de Monsanto se alimenta de numerosos mitos [...] en torno al
hambre, la producción de alimentos y la misma agricultura.
Desgraciadamente esos mitos han sido y continúan
siendo repetidos tan a menudo que se toman por ciertos. Proporcionan una
cobertura conveniente a Monsanto y otras multinacionales de la biotecnología y
la agroindustria, las cuales son responsables directos del aumento del hambre
del mundo[...].
«El hambre en el mundo está causada principalmente
por la falta de alimentos suficientes para abastecer a una población
creciente» sostiene Monsanto y Kimbrell prosigue: ”Se estima que en la
actualidad 786 millones de seres humanos pasan hambre. Y este número sigue
aumentando [n. del ed.: en 2004 se estima por encima de los 800 millones].
La leyenda creada no se refiere al hambre sino a
la causa principal que la genera. Monsanto nos hace creer que la producción
agrícola no está aumentando al mismo ritmo que crece la población. [...]
numerosos estudios y estadísticas refutan esa afirmación [...] estas
estadísticas y muchas otras indican que el crecimiento demográfico no ha sido,
por lo menos actualmente, la razón principal del aumento del hambre [...]
¿Entonces cuál es la razón principal del hambre en el mundo?
Básicamente, la dependencia alimentaria. El
sistema agroindustrial desde hace siglos y prácticamente en todas las partes
del planeta ha expulsado a las comunidades indígenas y campesinas de sus
tierras, apro-piándoselas para instalar allí cultivos de exportación [...]
millones de campesinos han perdido sus tierrras [...] emigran a las nuevas
ciudades industriales donde rápidamente pasan a formar parte de las clases
urbanas empobrecidas [...] así comienza la dependencia alimentaria [...]
«Si no accedes a la tierra donde poder cultivar
tus alimentos y no puedes comprarlos, pasarás hambre aunque la tecnología
incremente los rendimientos».” Kimbrell cita al final el “próximo informe de
Food First” [Inst. for Food & Development Policy, S.Fco., EEUU, dirigido por
F. Moore Lappé].
¿Y qué ha estado pasando por aquí, en Argentina,
Uruguay? ¿Por qué las ciudades principales tienen cada vez más extensos
cordones de poblaciones “precarias”, “asentadas”, “excluidas”, “desocupadas”,
“marginadas”, elija el lector el o los calificativos para una realidad
antigua y reciente, que conocíamos, pero que en los últimos diez o veinte años
parece haber recrudecido? Basta preguntarles de dónde provienen y se verifica
que un altísmo porcentaje son expulsados del campo, desocupados rurales;
migraciones internas (o externas) son el resultado del éxito del agri-business,
que produce la fortuna de algunos pero también la pobreza de muchos.
Porque entendámonos: el cacareado auge de la soja
no es novedad. Por el 1900 Brasil conoció el del caucho y Manaos pasó en pocas
décadas de villorrio mísero amazónico periférico a capital del lujo y la
cultura: “Los magnates del caucho edificaron allí sus mansiones de
arquitectura extravagante y plenas de maderas preciosas de Oriente [...] se
hacían traer los mas caros alimentos desde Río [...] El teatro Amazonas,
monumento barroco de bastante mal gusto [... allí] el tenor Caruso cantó [...]
a cambio de una suma fabulosa.”
[19]
Y en el 1600 Potosí había conocido un esplendor fuera de serie exportando
plata y tirando la vajilla de cristal en cada fiesta (ibídem). Claro que, como
nos recuerda Galeano, ni los seringueiros ni los mineros participaban de la
exportfiesta...
Porque, como dice D. Sharma: “El avance de las
nuevas tecnologías desplaza a los trabajadores agrícolas y representa un
desastre para todos menos para las explotaciones más grandes. [...]. Monsanto
reconoce los efectos que las nuevas tecnologías causan a las comunidades
rurales pero insisten que es el precio a pagar para aumentar la eficiencia en
la producción agrícola.” Sin embargo, se han realizado ya muchos estudios que
revelan que no hay tal aumento y que toda esa construcción se basa en muy
sesgadas mediciones.
Se suele calcular por grano o cultivo y en tal
caso, comparando monocultivos con la producción tradicional, combinada,
biodiversa e integrada de la cual se extrae únicamente el mismo grano o
cultivo para la comparación, el monocultivo agroindustrial claramente “gana”.
Pero si se mide por hectárea el rendimiento
integral de ambas producciones, la situación cambia radicalmente. Dice Vandana
Shiva: “Los campesinos mayas en Chiapas, México, son caracterizados como no
productivos porque rinden sólo cuatro toneladas de maíz por ha.”
.[20]
Si se comparan esas cuatro toneladas de maíz con la producción promedio
argentina que ronda el doble y que incluso en lotes excepcionales, con mucha
estimulación química, llega a 12 t. por ha., es cierto. Pero si tomamos los
frutos, todos los frutos de aquella “pobre hectárea maya”, sobrepasamos las 14
ha.... A la comparación se le escurre de la balanza los porotos, zapallos,
huerta, frutos, ensaladas, los yuyos medicinales que crecen con el maizal de
los agricultores de siempre. Todo lo cual es decisivo para las economías de
los campesinos pequeños, aunque no pasen por las cuentas ni fiscales, ni
bancarias, ni por las estadísticas oficiales sesgadamente cuantificadas.
En realidad, lo que se está produciendo con los
monocultivos es un empobrecimiento de los trabajadores rurales y de la
mismísima ruralidad, en cuanto forma de vida (autonomía, capacidad de
sobrevivencia, apoyo mutuo, vida al aire libre).
Empobrecimiento tanto de los que quedan en “el
campo” como de los que emigran. Y enriquecimiento de los consorcios
transnacionales que blanden las estadísticas de “mayores rendimientos” para
persuadir a quienes se aprovechan de los monocultivos (los “grandes
productores”, redes de distribución y transporte estandarizable, políticos
subsidiados).
Dejan de lado los “porotos” y las huertas
familiares que ni siquiera “sirven” para el PBI (con lo cual los grandes
pulpos agroindustriales reciben el apoyo de todo el edificio de la economía
institucional y pública). Sólo con esta alianza se pueden permitir el
“inocente descaro” de blandir un presunto aumento de productividad.
En realidad, la que aumenta es la productividad de
ellos: basta ver el aumento de la pobreza en el mundo en total correspondencia
con la explosión de las revoluciones tecnoagropecuarias para desconfiar del
optimismo tecnocrático. Como remata Kimbrell, los costos estimados por los
consorcios agroindustriales “ignoran los costos ambientales y sociales de la
agricultura industrial a gran escala” (ibídem).
Hasta la ONU, cada vez más condescendiente con los
grandes poderes, acaba de publicar un informe que, con inespereda justeza, se
refiere al empobrecimiento generalizado en el planeta:
“Rompe con la imagen planetaria que suelen pintar
liberales e instituciones globales del tipo BM y FMI. El desafío de los
tugurios señala precisamente a esas mismas instituciones como las responsables
de la urbanización galopante con el consiguiente empobrecimiento.
El programa neoliberal que se está llevando a cabo
en todo el mundo empobrecido durante ‘los últimos veinte años ha acrecentado
la pobreza urbana y las zonas de miseria urbana, la exclusión y la
desigualdad’ escriben los autores.[21]
El empobrecimiento cada vez más generalizado es la
contracara de tanta modernización y despliegues consumistas con que se nos
apabulla desde los medios de incomunicación de masas. En realidad, el abismo
que se está abriendo desde hace décadas, pero que parece arreciar en las
últimas, se parece cada vez más, al menos por los resultados, a una guerra. Y
esta “guerra” se parece a un genocidio de los “sobrantes”.
Es que la política alimentaria de EE.UU. no es
sino la continuación de la guerra por otros medios. Sólo así se explica que
Irak se haya convertido ahora, tras la invasión de 2003, en sumidero de
transgénicos. Y que, a la vez, esté sometido a un experimento de organización
de la agricultura que sólo cabe en la cabeza de “planificadores del mundo” del
USDA: el gobierno ocupante legisló la prohibición para los agricultores
iraquíes de guardar semillas.[22]
La costumbre milenaria en la cuna histórica de la
agricultura, en la Mesopotamia entre el Éufrates y el Tigris, ¡abolida por
decreto imperial! Los agricultores deberán, por ley, comprar las semillas cada
año a... Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer, Dow Chemical y un corto etcétera.
A diferencia del estilo con que estos mismos
poderes procuran instalar en todo el mundo la privatización monopólica de las
semillas, mediante convenios generalmente firmados por “representantes” más o
menos corrompibles de los gobiernos que conocemos, allí han aprovechado la
ocupación para hacerlo así, manu militari. Con razón titula Carmelo Ruiz
Marrero otra nota sobre el mismo tema: “Irak, basurero agrícola de EE.UU.”[23]
Hernán Pérez Zapata, “La seguridad alimentaria frente al ALCA-TLC”,
presentación en el Seminario de Seguridad Alimentaria, realizado en Armenia,
Colombia, 2003.
Hernán Pérez Zapata, “Agronomía, TLC y ALCA”, artículo-e, 2004.
Algunos datos provienen de Guía del Mundo, Montevideo, 1999, 2004.
biodiversidadla.org, octubre 2002.
Coalición Hábitat Internacional, Politicas y estrategias habitacionales en
un mundo en proceso de globalización, México, 2001.
Cit. p. E. Ortiz Flores, ob. cit.
“Agronomía, TLC y ALCA, ob. cit.
La Tarde, Pereira, public-e: 16/11/2004.
Lo cual tampoco libra de problemas al mundo subdesarrollante: un país como
Alemania ya no sabe qué hacer con los enormes depósitos de estiércol
provenientes de gallineros industriales alojados cerca de los puertos a donde
llega la soja, argentina, brasileña o estadounidense (estos tres países
producen más del 90% de la soja que circula como mercadería internacional), el
maíz u otros forrajes. El olor de tales plantas altamente concentradas que
producen millones de “piezas” de consumo diario invade kilómetros a la
redonda. Y el detritus resultante es francamente irreciclable localmente y se
filtra peligrosamente hacia las napas. Es tal el problema con estas fábricas
de “carne de pollo” que algunos países europeos ya han empezado a emplazarlas
en Brasil, por ejemplo, y enviar transatlánticamente el “alimento” así
producido. Con costos primermundianos si el envío es aéreo o de congelados si
llega a ser por vía marítima... pero en todos los casos, ahorrándose el olor y
el destino de tal masa de mierda. Y siempre apestan los campos,
documental, dir. Nina Kleinschmidt y Wolf Michael Eimler, Alemania (RFA),
1984.
Héctor Huergo, “La respuesta es más soja”, Buenos Aires, 18/10/2003.
Trigo de setiembre, documental, dir. Peter Krieg, Alemania [RFA], 1980.
Claro que en esos números se incorpora la soja transgénica, forrajera, como
alimento humano, algo que por su calidad está muy lejos de satisfacer siquiera
los mínimos exigibles. Por eso precisamente, la campaña “Soja solidaria” del
trust sojero proveyéndola a comedores municipales, provinciales y escolares es
absolutamente inaceptable. Cada vez más aparecen casos de descalcificación,
menarcas prematuras, trastornos digestivos y un creciente etcétera, y eso que
estamos apenas en los primeros tres años de aplicación...
Archivos del presente, Buenos Aires, no 19, 2000.
Alianza Centroamericana de Protección a la Biodiversidad, bol. no
7, 1ª. quincena feb. 2005.
”Pobreza
modificada en Kenya”, artículo-e, 2002. Para este caso y los de otros países
africanos, véase mi “OGMs la salud dúplice” en Futuros, no
6, verano/otoño 2004.
El País, Madrid, 24/10/2002.
The Ecologist [Londres] en castellano, Madrid, junio 2001.
Repare el lector lo que pasa en las yungas del norte argentino o en la
Amazonia arrasadas para extender los cultivos transgénicos; véase al respecto
mi “Las mentiras verdaderas de la ingeniería genética agroindustrial”, en
biodiversidadla.org, ecoportal, rebelion.org.
E. Galeano, Las venas abiertas de América Latina, DP, Universidad de la
República, Montevideo, 1970.
“Globalización y pobreza”, Futuros, no 6, verano/otoño 2004, p. 11.
Recensión de David Jonstad, “Slumexplosion”, Arbetaren, Estocolmo, n.
44, 29/10/2004, de ONU. Conferencia Mundial sobre Hábitat, El desafío de
los tugurios, c:a 2004.
John Brian,”«Cynical and wicked»
imposition on ocuppied Irak”, I-SIS Pr. Release, Londres, 8/3/05.
Indymedia Colombia,
5/12/2004.