Clásicamente, las enfermedades autoinmunes de la
piel se clasifican en dos grandes grupos (4, 7), según sus manifestaciones
cutáneas: procesos vesículo-ampollosos y aquellos que no cursan con vesículas.
El primer grupo incluye al complejo pénfigo -pénfigo vulgar, pénfigo foliáceo,
pénfigo eritematoso y pénfigo vegetante- y al penfigoide bulloso.
Para Muller et al (12) los pénfigos caninos y
felinos representan alrededor del 0,3% de los procesos cutáneos atendidos en
el New York State College of Veterinary Medicine, por lo que se pueden
considerar como enfermedades poco frecuentes en la clínica. De ellos, el más
frecuente es el pénfigo foliáceo, seguido del pénfigo vulgar, siendo
extremadamente raro el pénfigo vegetante (7, 12). El penfigoide bulloso parece
tener una frecuencia similar al pénfigo vulgar (7).
Etiopatogenia
Patogénicamente, el complejo pénfigo es una
hipersensibilidad tipo II, no dependiente de células inflamatorias ni de
complemento (12). El proceso está provocado por la existencia de
autoanticuerpos dirigidos frente el glicocálix de los queratinocitos (12), o
antígenos de la sustancia intercelular y/o superficie de los queratinocitos
(7).
Aunque cualquier hipótesis sobre el mecanismo
exacto de actuación es meramente especulativa (7), Muller et al (12) proponen
la siguiente secuencia: (a) unión del autoanticuerpo al glicocálix de los
queratinocitos, (b) internación del autoanticuerpo y fusión del mismo con
lisosomas intracelulares, y (c) activación y liberación de una enzima
proteolítica del queratinocito, factor acantolítico del pénfigo, que difunde
al espacio extracelular e hidroliza el glicocálix. Otros autores (7, 18)
consideran que las células liberan activador del plasminógeno, el cual provoca
la liberación de plasmina, siendo esta última la responsable de la ruptura de
la adhesión de las células.
Independientemente de cual sea la proteína
actuadora, el resultado final es una pérdida de cohesión intercelular que
conduce a la acantolisis intraepidérmica y la formación de vesículas dentro de
la epidermis (7, 12, 18).
Thompson (17) defiende un importante papel de la
activación del complemento en la atracción de neutrófilos y eosinófilos, lo
que provoca la transformación de las vesículas en pústulas, además de
intervenir en la formación de edema intercelular.
El penfigoide bulloso difiere, a su vez, del
complejo pénfigo en que los autoanticuerpos van dirigidos contra proteínas
producidas por queratinocitos basales en la lámina lúcida de la membrana basal
(7) de piel y mucosas, resultando en la formación de vesículas subepidérmicas
(12), y un debilitamiento de la unión dermoepitelial (7).
Cuadro clínico
Clínicamente (12), el complejo pénfigo se
caracteriza por la aparición de lesiones vesículo-ampollosas que evolucionan a
pústulas, pudiendo también aparecer lesiones erosivas a ulcerativas rodeadas
de collaretes epidérmicos al romper las vesículas y/o pústulas. Estas lesiones
aparecen a nivel de la piel si bien pueden interesar también a las membranas
mucosas.
Las vesículas y pústulas son transitorias debido a
la fina epidermis del perro (12), provocando la ruptura de estas pústulas la
aparición en el proceso de costras amarillentas (7).
No se ha encontrado predilección de estos procesos
por un sexo determinado, si bien parece existir una mayor frecuencia de
ciertos tipos de pénfigo en algunas razas caninas (4, 12, 17), como por
ejemplo Akita, Chow chow, Teckel, Terranova, Bearded collie, Pastor alemán y
Doberman pinscher en el pénfigo foliáceo, y Pastor alemán y Collie en el
pénfigo eritematoso. Igualmente se ha descrito una mayor aparición del
penfigoide bulloso en Doberman pinscher y Collie. Aunque en general no se
admite predilección por edad (12), Carlotti (4) cita su existencia en animales
de mediana edad o viejos en el caso del pénfigo vulgar y Thompson (17) afirma
una mayor frecuencia de pénfigo foliáceo en perros entre 2 y 7 años de edad.
Los distintos procesos de pénfigo manifiestan
diferencias respecto a la ubicación de las lesiones (Tabla I). Tanto en el
pénfigo vulgar como en el penfigoide bulloso las lesiones suelen interesar a
las uniones muco-cutáneas (labios, ollares, párpados, prepucio, vulva, ano), a
la cavidad oral y/o a la piel (7, 12, 17, 18). La gran mayoría de los casos
manifiestan lesiones a nivel de la mucosa bucal en el momento del diagnóstico
estando, por lo tanto, raramente limitadas sólo a piel (12, 17). Las lesiones
cutáneas suelen ubicarse a nivel axilar e inguinal (12). Igualmente es posible
la afectación de las uñas (7, 12, 17).
El pénfigo foliáceo muestra raramente una
afectación de las uniones muco- cutáneas o de la cavidad oral (12, 13, 18).
Las lesiones, generalmente muy escamosas (18), se localizan principalmente en
cara, nariz y orejas, pudiendo ocasionalmente interesar la ingle y/o los
pulpejos (7, 12, 17, 18). En más del 80% de los casos las lesiones se observan
inicialmente a nivel facial, principalmente en el área dorsal del hocico (17).
Frecuentemente el proceso se generaliza a los 6 meses (12).
El pénfigo eritematoso, considerado como una forma
benigna del foliáceo (12, 17, 18) o como un híbrido entre el pénfigo foliáceo
y el lupus eritematoso (12, 17) sistémico (7) o discoide (4), cursa con
lesiones a nivel de la cara (áreas nasal, periorbitaria y auricular) (7, 12,
17), existiendo frecuentemente una depigmentación nasal y mostrando
exacerbación solar (12). Las lesiones faciales frecuentemente derivan en
erosiones y escoriaciones debido al rascado- frotamiento por parte del animal
(7). Ocasionalmente puede existir afectación de los pulpejos (12).
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El
último proceso, el pénfigo vegetante, es extremadamente raro habiéndose
citado sólo tres veces en la literatura (7), siendo considerado una
forma benigna del pénfigo vulgar (12, 17, 18). Cursa con una dermatitis
pustular costrosa que se transforma en vegetaciones verrucosas y
proliferaciones papilomatosas exudativas (7, 12, 18). Tabla I.
Características diferenciales de los procesos cutáneos vesículo-ampollosos
de naturaleza autoinmune. |
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Distribución y lesiones |
Localización microscópica de la lesión |
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Pénfigo foliáceo |
Cutánea: facial principalmente |
Subcórnea |
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Pénfigo eritematoso |
Cutánea: facial principalmente, con despigmentación nasal y
fotosensibilización frecuente |
Subcórnea |
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Pénfigo vulgar |
Muco-cutánea: cavidad oral, piel y uniones muco-cutáneas |
Suprabasal |
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Pénfigo vegetante |
Proliferaciones papilomatosas |
Suprabasal |
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Penfigoide bulloso |
Muco-cutánea: cavidad oral, piel y uniones muco-cutáneas |
Subepidérmica |
En cualquiera de estas enfermedades autoinmunes la
presencia de prurito y dolor es variable (12), según el caso,pudiendo también
existir una sintomatología general en el animal (12) (depresión y anorexia),
salvo en el caso del pénfigo vegetante. Esta sintomatología general, más
frecuente en el pénfigo vulgar y en el penfigoide bulloso (7), puede ir
acompañada de un estado febril, por infección secundaria (7, 12).
En cualquiera de las formas puede observarse el
signo de Nikolsky (12), siendo más frecuente en el pénfigo foliáceo (7). Este
signo consiste (7) en realizar una fuerte presión lateral sobre piel
clínicamente normal apareciendo, cuando el signo es positivo, una bulla o el
despredimiento de las capas superficiales (pénfigo foliáceo), profundas
(pénfigo vulgar) o el conjunto de la epidermis (penfigoide bulloso). Se debe
tener en cuenta que el signo de Nikolsky no es específico de los procesos
vesiculosos autoinmunes de la piel, pudiendo también aparecer en otras
dermopatías (7).
Las posibles modificaciones encontradas a nivel
laboratorial no aproximan en ningún caso al diagnóstico (12).
Diagnóstico
El diagnóstico definitivo se basa en los datos
obtenidos mediante la anamnesis, el examen físico y distintas pruebas
complementarias como son el frotis directo de pústulas o vesículas de reciente
aparición, la biopsia de piel y/o mucosas para su estudio histopatológico y la
posible realización de una inmunofluorescencia directa (12).
El frotis directo de vesículas o pústulas intactas
-prueba de Tzanck (4, 17)- a menudo revela la presencia de numerosos
neutrófilos no degenerados, ocasionalmente numerosos eosinófilos, pocas o
ninguna bacteria intracelular y numerosos queratinocitos acantolíticos (12,
17). Cuando estos últimos están en racimos o son numerosos, la imagen es muy
indicativa de un pénfigo (12), principalmente el foliáceo (17).
En el caso de las enfermedades vesiculosas, la
obtención de una buena biopsia requiere la exploración del animal cada pocas
horas a fin de encontrar vesículas de reciente formación (12, 17), ya que las
muestras escoriadas, infectadas o cronificadas no suelen ser diagnósticas (7).
Histopatológicamente (7, 12, 17, 18) los
diferentes procesos del complejo pénfigo se diferencian por la localización
intraepidérmica de las vesículas (Tabla I), a nivel superficial en el pénfigo
foliáceo y eritematoso (acantolisis subcórnea) y profundo en el pénfigo vulgar
y vegetante (acantolisis suprabasal). La acantolisis, separación de las
células epidérmicas individuales, que provoca que aparezcan a la tinción
redondas y con tendencia a la hialinización, es la lesión básica del pénfigo
(7). Además de células acantolíticas, frecuentemente aparece un infiltrado
rico en neutrófilos y/o eosinófilos, pudiendo aparecer también células
plasmáticas y mononucleares (12). En la dermis subyacente se puede observar un
intenso infiltrado inflamatorio compuesto de linfocitos, células plasmáticas y
neutrófilos (5, 13). En el caso del pénfigo vegetante existe igualmente una
hiperplasia de la epidermis (12).
El penfigoide bulloso se diferencia de los
anteriores en que la lesión vesiculosa es subepidérmica (7, 12, 18), con edema
previo de la dermis (7).
Adicionalmente, se puede realizar una
inmunofluorescencia directa (ID), la cual requiere que la muestra obtenida se
procese de manera especial (7, 9, 12), no pudiéndose fijar en formol.
La ID evidencia la presencia de inmunoglobulinas,
y a veces complemento, a nivel intercelular (12, 13). A la ID los pénfigos se
caracterizan por el depósito intercelular de inmunoglobulinas (generalmente
IgG) y ocasionalmente complemento (12). Los resultados de la ID se deben
interpretar con cautela, siempre a la luz de los hallazgos anamnésicos,
clínicos e histopatológicos del paciente (12).
Al objeto de evitar los inconvenientes que tiene
la ID, conservación de la muestra en medios diferentes a los de la
histopatología convencional y equipo de inmunofluorescencia para su
observación, se ha ensayado igualmente la prueba de la inmunoperoxidasa (16).
Pronóstico
El pronóstico de la enfermedad varía con la forma
e intensidad del proceso. Así, el pénfigo vulgar es fatal en el 95% de los
casos no tratados, por debilitamiento progresivo del animal y septicemia (17),
siendo de reservado a bueno en caso de instaurar un tratamiento, ya que puede
ser refractario al mismo (13, 18). El pénfigo foliáceo es menos severo,
teniendo un buen pronóstico si se trata (13, 18), aunque también puede ser
fatal sin tratamiento (12). Los pénfigo eritematoso y vegetante se consideran
como formas benignas sin afectación general (12), teniendo mejor pronóstico.
Tratamiento
Una vez que se ha diagnosticado la dermopatía de
naturaleza autoinmune, la dificultad principal consiste en escoger el
tratamiento más adecuado para el caso. El control de los procesos autoinmunes
que afectan a la piel requiere la administración de grandes cantidades de
glucocorticoides vía sistémica, con o sin la administración de alguna otra
droga inmunodepresora (12). Además se deberán combatir las complicaciones
secundarias de cada caso en particular.
La glucocorticoterapia, en dosis inmunosupresora
(13), es la base del tratamiento (7) teniendo una fase de inducción, variable
en tiempo, y una fase de mantenimiento, a días alternos siempre que sea
posible, que se debe mantener durante toda la vida del animal. A fin de
disminuir al máximo los efectos secundarios de la corticoterapia es preferible
la utilización de un corticosteroide de vida corta (7), como la prednisona per
os (7), que se administra en días alternos (11).
La dosis de inducción recomendada varía
notablemente según los autores (Tabla II), administrándose 2 veces al día
hasta que las lesiones se resuelvan completamente, entre 2 y 3 semanas (2,
11). El principal efecto secundario de dosis tan elevadas de glucocorticoides
es el posible desarrollo de una pancreatitis exocrina aguda (12).

Una vez controlado el proceso, se inicia la
terapia de mantenimiento, disminuyendo lentamente la dosis cada 8-10 días (2);
la dosis se reduce todo lo que sea posible, pudiendo controlarse normalmente
la enfermedad con 1 mg/kg de prednisona cada 48 horas (2), administrándose
preferiblemente a primera hora de la mañana (4, 11).
Muller et al (12) afirman que solamente alrededor
del 50% de los pénfigos se controlan adecuadamente mediante
glucocorticoterapia, siendo necesario en su defecto administrar algún fármaco
inmunodepresor, solo o en combinación con los corticosteroides. Es
recomendable utilizar una terapia combinada si a los 10 días de iniciar la
glucocorticoterapia no existe mejora o cuando no se consigue disminuir de 1 mg/kg
prednisona en días alternos en un tiempo razonable, 3-4 semanas (7, 11).
El uso de alguna otra droga inmunomoduladora puede
permitir reducir la dosis corticosteroidea o incluso eliminar completamente su
administración. Existen numerosas sustancias para elegir (Tabla II), siendo la
combinación prednisona- azatioprina la que mejor resultados puede dar (4) y la
preferida por algunos autores (7).
En el caso de combinar las terapias, y si se están
administrando los glucocorticoides en días alternos, es recomendable
administrar la nueva droga inmunosupresora los días en que no se administra el
corticoide (2).
Alternativamente, también se ha usado la
corticoterapia en pulsos, administración de dosis suprafarmacológicas de
metilprednisolona succinato sódico vía parenteral, durante un corto período de
tiempo (20). Según estos autores el tratamiento consiguió, en distintos casos
de pénfigos caninos, una rápida e intensa mejoría de los animales, si bien
posteriormente recayeron a pesar de ser mantenidos con prednisona a días
alternos.
En todo caso la mayoría de los autores (7, 12)
defienden un tratamiento específico en drogas y dosis para cada paciente en
particular.
En el supuesto del pénfigo eritematoso, los casos
muy localizados pueden ser controlados con la única aplicación de
glucocorticoides tópicos (11), siendo recomendable la utilización de
protectores solares si existe fotosensibilización de las lesiones (7, 11, 12).
Todo tratamiento se debe acompañar de baños con
champúes queratolíticos (7) que eliminen costras (7, 11). Igualmente se
administrará una antibioterapia sistémica si existen lesiones ulcerativas
(11), e incluso como prevención al estar recibiendo una terapia
inmunosupresora (7).
Caso clínico

Pododermatitis

Costras en oreja
Se presentó en la clínica una perra de raza Mastín
Español, de 3 años de edad, con un peso de 45 kg. Su dueño manifestó que,
durante la última semana, la perra estaba apática, con apetito disminuido,
mostrando lesiones en la piel. Igualmente afirmaba que en ningún momento el
animal mostró signos de prurito, como el rascado, lamido, mordisqueado o
frotamiento de las lesiones.
A la exploración, se observó que el animal estaba
deprimido, tenía una temperatura rectal de 41°C, y presentaba lesiones
cutáneas que afectaban a la cabeza, incluyendo las áreas submandibular, nasal
y auricular, el pecho, axilas y abdomen.
Las lesiones cutáneas incluían la presencia de
escoriaciones y pústulas, la mayoría de las cuales estaban rotas, apareciendo
secundariamente collaretes epidérmicos y costras amarillentas; ocasionalmente
se observó alguna vesícula de pequeño tamaño entre las lesiones anteriores. En
la mucosa bucal se observó algunas vesículas a nivel labial, sin aparecer
ninguna otra lesión en el resto de la mucosa.

Lesiones exudativas en axila
Se realizó una exploración otoscópica sin
encontrar lesiones en la mucosa de oído externo. Finalmente, en la exploración
se pudo observar un ligero aumento de tamaño de los ganglios linfáticos
retrofarígeos y submandibulares.
Por otro lado, la perra se mostraba remisa a
caminar, hecho que se debía a una intensa cojera en las cuatro extremidades. A
la exploración de los pulpejos se observó que los mismos estaban calientes,
edematosos y dolorosos a la palpación, existiendo un enrojecimiento a nivel de
los espacios interdigitales. Los cuatro pulpejos mostraban una intensa
queratinización, existiendo igualmente exudación, siendo las uñas largas y
frágiles.
Tras esta primera exploración se inició un terapia
antibiótica a base de cefadroxilo [500 mg, 3 veces al día] per os. A las 48
horas la perra se mantenía deprimida, anoréxica y febril, habiéndose extendido
las lesiones cutáneas, mostrando la pododermatitis una mayor intensidad.
Como consecuencia de la progresión del proceso se
incorporó al tratamiento la administración de prednisona [20 mg, 2 veces al
día], manteniéndose la antibioterapia. A las 72 horas de iniciar la terapia
corticoidea la perra había recuperado el apetito (ingería 1 kg de carne diaria
sin ser forzada), habiendo desaparecido la fase depresiva, respondiendo a los
estímulos externos de manera adecuada. Las lesiones cutáneas empezaban a
secarse y comenzó a caminar con más confianza, si bien todavía prefería
permanecer echada.

Collaretes epidérmicos en abdomen A lo largo de
este período el tratamiento sistémico se acompañó con dos baños semanales con
una solución de sulfuro de selenio al 1%, frotando intensamente las
almohadillas plantares, eliminando con ello grandes porciones de capa córnea.
Durante los días siguientes las lesiones cutáneas
fueron remitiendo, mejorando la pododermatitis, caminando la perra de forma
normal. Consecuentemente, a las 3 semanas de iniciar el tratamiento con
cefalosporinas, éstas se suprimieron. En dicho momento se estaba administrando
la prednisona en días alternos, habiendo reducido la dosis hasta 15 mg cada 48
horas.
Una semana más tarde la pododermatitis y las
lesiones de la piel habían desaparecido por completo, si bien aparecía alguna
pequeña vesícula (nunca más de cuatro a la vez) en abdomen, las cuales
desaparecían inmediatamente. En ese momento se obtuvieron biopsias de piel,
abarcando las vesículas que aparecían transitoriamente.

Cuadro histológico: vesículas suprabasales e
infiltrado inflamatorio en dermis
El cuadro histológico mostró lesiones vesiculares
con localización suprabasal, lesiones que se encontraban en diferentes fases
de evolución, estando rotas las más antiguas. En todos los casos se observaba
la presencia de un denso infiltrado celular (neutrófilos, linfocitos y células
plasmáticas), al igual que un importante número de eosinófilos. Este
infiltrado celular se localizaba principalmente en la dermis papilar,
alcanzando las capas más profundas, sin llegar a afectar a la hipodermis.
El cuadro histopatológico era típico de un pénfigo
vulgar, desorden compatible con el cuadro clínico y lesional observado a la
exploración del animal, si bien en ningún caso encontramos un número
importante de lesiones a nivel de las membranas mucosas.
Como resultado del diagnóstico se intentó mantener
al animal inmunodeprimido con la menor dosis posible de corticoides. Así, a
los dos meses del inicio del proceso se añadió azatioprina [100 mg, 1 vez al
día] per os, manteniéndose la administración de prednisona.
A la semana de modificar la terapia se produjo una
recaída del animal, apareciendo nuevamente lesiones cutáneas similares a las
del inicio del proceso, con distribución semejante, acompañándose también de
pododermatitis, anorexia, apatía, y estando febril.
Como consecuencia de la recaída, se suprimió
inmediatamente la administración de azatioprina, incrementando nuevamente la
dosis de prednisona [20 mg, 2 veces al día]. A su vez, se le administró
durante 15 días, cefadroxilo [500 mg, 3 veces al día]. La perra respondió
adecuadamente al tratamiento, reiniciándose entonces la terapia de prednisona
a días alternos.
Actualmente, 8 meses tras el inicio de la
enfermedad, la perra se mantiene adecuadamente con 15 mg de prednisona cada 48
horas per os, aunque cuando el clima es húmedo aparece un proceso leve
consistente sólo en una ligera pododermatitis, proceso que remite en cuanto la
climatología es soleada.
Discusión
Los procesos cutáneos de naturaleza autoinmune
tiene dos puntos de gran interés para el clínico: su diagnóstico definitivo y
las consideraciones terapéuticas del mismo.
El diagnóstico de los pénfigos se basa en la
historia, la exploración física del animal y en pruebas complementarias, las
cuales incluyen el frotis de vesículas intactas, la biopsia de la piel para su
examen histopatológico convencional, así como para la realización de la
inmunofluorescencia directa (ID) (12).
Las características clínicas del caso que
exponemos son muy similares a las descritas por los diferentes autores (7, 12,
17). Éstas incluyen la aparición de lesiones vesículo-ampollosas que
rápidamente se transforman en pústulas, las cuales son transitorias debido a
la fina epidermis canina (12). La ruptura de estas pústulas provoca la
aparición en el proceso de costras amarillentas (7). La distribución de las
lesiones cutáneas del caso descrito es similar a la que aparece en el pénfigo
vulgar. A su vez, estos autores (7, 12) manifiestan que los perros muy
afectados pueden estar anoréxicos, deprimidos o febriles, pudiendo existir
afectación de las uñas, signos todos ellos presentes en la perra.
La poca extensión de lesiones a nivel de la mucosa
bucal y la ausencia de lesiones a nivel de las uniones muco-cutáneas fueron
los signos menos coincidentes del caso presentado, ya que de acuerdo con
Muller et al (12), las lesiones a nivel de la mucosa bucal se presentan en
alrededor del 90% de los animales con pénfigo vulgar, en el momento de su
diagnóstico.
Según Schmeitzel (13) la prueba más efectiva para
el diagnóstico de los procesos autoinmunes de la piel es su examen
histopatológico, el cual puede tener valor diagnóstico por sí solo en
numerosos casos. Así, en diferentes enfermedades autoinmunes de la piel
existen lesiones diagnósticas o altamente sugerentes en el 70 u 80% de los
casos estudiados (1, 19), si bien Werner et al (19) afirman que existen
alrededor de un 20% de falsos positivos, por animales afectados de dermopatías
no autoinmunes.
Varios autores recomiendan realizar conjuntamente
el estudio histológico convencional y una ID ya que, según Halliwell y Gorman
(7), se aumenta la probabilidad de conseguir un diagnóstico real. Sin embargo,
son numerosos los estudios que han afirmado que la ID tiene alrededor de un
50% de falsos negativos (1, 3, 19). Además, son corrientes también los falsos
positivos, cuya frecuencia varía según el trabajo y el área cutánea que se
evalúe. Esta frecuencia varía desde un 20% (19), a un 45% en el caso de
realizarla en piel de las almohadillas plantares (15), e incluso un 73% si se
realiza sobre piel obtenida del área nasal (14). Sin embargo no se encuentran
falsos positivos cuando se realiza sobre la mucosa labial (14).
A su vez, de acuerdo con Tizard (18), el uso de la
ID en el diagnóstico de los pénfigos se ve limitada por la dificultad que esta
técnica provoca en la localización precisa de las lesiones en las diferentes
capas de la epidermis y dermis.
Estos hechos hacen que tanto Carlotti (4) como
Schmeitzel (13) consideren que la ID puede no ser necesaria cuando el estudio
histopatológico se muestra diagnóstico. Además y como resultado de las
numerosas dificultades que la técnica de ID tiene, Kalaher (9) concluye que
las muestras obtenidas de la biopsia se deben enviar a un laboratorio que
tenga un probado historial en inmunopatología veterinaria siendo éste un nuevo
problema para el clínico.
Respecto al posible uso de otras técnicas
complementarias más sencillas, como la inmunoperoxidasa, a fin de reemplazar
la ID, existen diferentes opiniones. Bradley et al (3) afirman que la
inmunoperoxidasa puede ser superior a la ID en el diagnóstico de las
dermopatías de naturaleza autoinmune, aunque Kalaher (9) opina que la
inmunoperoxidasa tiene demasiados falsos positivos y prefiere hoy en día usar
la ID.
Desde un punto de vista clínico es importante
diferenciar entre las diferentes formas de los pénfigos ya que el pronóstico
varía claramente (18), siendo el pénfigo vulgar el que peor pronóstico tiene.
La diferenciación clínica (Tabla I) se realiza básicamente a partir de la
distribución de las lesiones, afectando el pénfigo vulgar y el penfigoide
bulloso tanto a piel como a mucosas, mientras que otras formas de pénfigos
sólo afectan a piel (7, 12, 17, 18). El diagnóstico definitivo se basa en el
examen histopatológico, a partir de la localización del lugar de formación de
las vesículas dentro de la epidermis en los pénfigos, ya que la lesión del
penfigoide bulloso es subepidérmica.
Respecto al manejo del proceso autoinmune, éste se
basa en la administración de dosis inmunosupresoras de glucocorticoides (7).
Nosotros hemos usado durante la fase de inducción la menor dosis recomendada
(Tabla II) [1 mg/kg y día, repartidos en dos dosis], disminuyendo la
dosificación rápidamente en vista de la buena respuesta de la perra al
tratamiento. Por otro lado, desconocemos si la recaída que sufrió la perra al
administrar azatioprina fue inducida o no por este fármaco, si bien en
medicina humana se han descrito algunos casos en que se ha desarrollado un
síndrome febril con anorexia, malestar general y erupciones cutáneas, a los
pocos días de iniciar la administración de azatioprina (10).
Afortunadamente, la perra se ha mantenido con
dosis relativamente bajas de prednisona [0,33 mg/kg en días alternos], no
habiéndose observado efectos secundarios de intensidad.
Finalmente, al inicio del tratamiento se consideró
necesario utilizar tópicamente champúes con un 1% de sulfuro de selenio, al
ser un agente intensamente queratolítico que elimina las costras, además de
ser secante (6, 8).
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Fuente: MEVEPA - www.mevepa.cl
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Gustavo Contreras