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Los alimentos transgénicos.
Daniel Ramón Vidal
Instituto de Agroquímica y Tecnología
de Alimentos (CSIC)
www.consumaseguridad.com
El uso de la genética en alimentación no es nada nuevo. Desde hace miles de años
hemos mejorado las razas de animales de granja o las variedades vegetales
comestibles utilizando el cruce sexual o aprovechando la variabilidad natural,
es decir, la aparición de mutantes espontáneos. Desde hace unos años podemos
aplicar la ingeniería genética.
Con la ingeniería genética, en lugar de mezclar genes al azar tomamos el gen que
nos interesa y lo introducimos en el organismo deseado. Si en el diseño de un
alimento se emplea esta nueva tecnología, se generan los llamados alimentos
transgénicos. En la actualidad, se comercializan setenta de estos productos en
todo el mundo, la gran mayoría de ellos en Estados Unidos, Australia, Canadá y
Japón.
La diferencia entre un alimento transgénico y otro convencional es mínima. En
principio sólo la técnica genética utilizada en su diseño, ingeniería genética
versus cruce sexual o mutagénesis, pero este hecho tiene importantes
consecuencias. En primer lugar, en el diseño de un alimento transgénico prima la
direccionalidad frente al azar -en el cruce sexual se juntan genes al azar,
mientras que en la ingeniería genética se toma el gen adecuado. En segundo
lugar, en el diseño de un alimento transgénico es posible obtener la combinación
genética adecuada de forma mucho más rápida. Finalmente, al construir un
alimento transgénico es posible saltar la barrera de especie, gracias a lo cual
es posible introducir características de un organismo en otro cercano en la
escala filogenética o, como se está viendo, incluso entre especies no
emparentadas.
En principio, no es posible cruzar sexualmente un tomate con una patata, pero se
pueden expresar genes de tomate en patatas o viceversa. Esta última diferencia
tiene claras repercusiones éticas. Por ejemplo, un hipotético vegetal
transgénico que porte un gen de un animal puede ser un problema para un
vegetariano de dieta estricta.
Tipos de alimentos
transgénicos
Existen centenares de alimentos transgénicos desarrollados en laboratorios de
compañías privadas u organismos públicos de investigación que pueden ser de
origen animal, vegetal o fermentado. Se han construido plantas transgénicas que
resisten el ataque de viroides, virus, bacterias, hongos o insectos. El más
conocido es el maíz transgénico que resiste el ataque del taladro al portar un
gen proveniente de la bacteria Bacillus thuringiensis y que sintetiza una
proteína tóxica. Hay desarrollos mucho más espectaculares. Por ejemplo, patatas
transgénicas que inmunizan contra el cólera o diarreas bacterianas, o una
variedad de arroz transgénico capaz de producir provitamina A. Con él se
pretenden evitar los problemas de ceguera asociados a dietas basadas en este
cereal.
También se han diseñado alimentos transgénicos animales. Se han construido
carpas y salmones transgénicos que portan múltiples copias del gen de la hormona
de crecimiento. El resultado son peces que ganan tamaño mucho más rápido. Sin
embargo, las mejores perspectivas de futuro se centran en la expresión de genes
que codifican proteínas de alto valor añadido en la glándula mamaria de
diferentes mamíferos. Estos animales producen leches enriquecidas en fármacos
como el activador del plasminógeno. Recientemente, se ha descrito la
construcción de un mamífero transgénico que expresa en su leche una lactasa y
produce leche con un bajo contenido en lactosa. Su consumo puede resultar de
interés para enfermos que no toleran este azúcar.
Por último, también en el caso de los alimentos fermentados se han aplicado
técnicas de ingeniería genética. Las bacterias lácticas o las levaduras de uso
en el sector agroalimentario han sido modificadas con genes exógenos dando lugar
a quesos en los que se acortan los tiempos de maduración, vinos con un
incremento de aroma afrutado, o panes en cuya producción se obvia la adición de
aditivos con capacidad alergénica.
¿Son un riesgo los
alimentos transgénicos?
Basta con hojear un periódico durante las últimas semanas para comprobar que los
alimentos transgénicos se perciben como un riesgo. ¿Son buenos o malos, un
riesgo o un beneficio? Para contestar a esta pregunta hay que partir de tres
supuestos. En primer lugar, debe tenerse en cuenta que el riesgo cero no existe,
y menos en alimentación, ya que la población humana no es homogénea -el gluten
de trigo es un peligro para los celíacos pero no para el resto de la población.
En segundo lugar, no es posible generalizar y hablar de que todos los alimentos
transgénicos son buenos o todos son malos, ya que existen centenares de ellos y,
en tercer y último lugar, no existe un sólo riesgo ya que existen riesgos de
tipo sanitarios, medioambientales o económicos. El resumen de lo expuesto es
claro: hay que evaluar cada alimento transgénico por sí solo, riesgo por riesgo.
Desde hace años, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la
Alimentación (FAO), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización
para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) han trabajado sobre este tema
concediendo prioridad a la elaboración de los principios científicos de
evaluación. El concepto más importante es el de equivalencia sustancial, que
otorga dicha categoría a aquellos alimentos transgénicos cuya composición
nutricional y características organolépticas son iguales al convencional del que
proviene, con la única excepción del nuevo carácter introducido por ingeniería
genética.
Los alimentos transgénicos que han obtenido el permiso de comercialización han
sido evaluados en base a tres criterios: contenido nutricional o equivalencia
sustancial, alergenicidad y toxicidad. Sin duda, son los alimentos más evaluados
en toda la historia de la Tecnología de Alimentos. Todos los análisis indican
que no hay datos científicos que indiquen que los alimentos transgénicos
representen un riesgo para la salud del consumidor superior al que implica la
ingestión del alimento convencional.
Aún así, se habla de riesgos y se hace referencia a aumentos de casos de
alergia, peligro de aparición de resistencias a antibióticos, generación de
cánceres o retardos en el desarrollo inmunitario. Es cierto que se produjo un
caso en el que se comprobó la existencia de un problema de alergenicidad. Se
trataba de una soja transgénica con un gen de nuez brasileña que resultaba
perjudicial para los alérgicos a dicho fruto. El problema se detectó durante la
evaluación del producto previa a la concesión del permiso de comercialización y,
aunque este último se obtuvo con la condición de que se etiquetara, la compañía
productora decidió no comercializarlo.
Con el resto de alimentos transgénicos ensayados hasta la fecha no se han
detectado problemas. Existen alimentos transgénicos que obvian problemas de
alergenicidad, como la levadura panadera transgénica desarrollada en el Consejo
Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), cuyo uso previene la aparición
de alergias inespecíficas en profesionales del sector panadero, ligadas a la
adición de enzimas durante la panificación. También existen variedades de arroz
transgénicas desprovistas del gen que codifica el mayor alérgeno de este cereal.
Con respecto a la resistencia a antibióticos, la polémica se centra en la
posible transferencia de dichos genes desde el alimento transgénico a alguna
bacteria de la flora intestinal, con lo que se generan nuevas cepas bacterianas
resistentes a antibióticos. No hay pruebas ni datos experimentales que apoyen
esta hipótesis, por lo que la OMS afirma que la presencia de genes de
resistencia a antibióticos per se en un alimento transgénico no debería
constituir un riesgo para la salud. A pesar de ello, y debido al rechazo social
generado en torno a este tema, se han desarrollado técnicas que permiten
eliminar los marcadores de resistencia en el producto final obviando el
problema. Finalmente hay que destacar que no existen datos científicos que
indiquen que exista un peligro sanitario relacionado con procesos tumorales o
problemas en el desarrollo inmunitario.
Efectos en el medio ambiente
Las cosas son menos claras en el terreno medioambiental porque no existe un
conocimiento y metodologías capaces de realizar este tipo de riesgos. El déficit
de evaluación afecta no sólo a las plantas transgénicas sino también a las
convencionales. Un riesgo claro es la posible transferencia de los genes
exógenos desde la variedad transgénica a variedades silvestres. Sabemos que
dicha transferencia se puede producir -de hecho se produce constantemente- con
plantas convencionales, pero sólo si existe una compatibilidad sexual. Por eso
podemos afirmar que, por ejemplo en Europa, la transferencia de genes es
improbable si utilizamos maíz transgénico -no hay variedades silvestres- y
probable si utilizamos soja transgénica.
Aun así, merece la pena recordar que las variedades transgénicas son las más
evaluadas desde el punto de vista medioambiental. Hasta la fecha se han
realizado más de 25.000 liberaciones controladas de plantas transgénicas al
medio ambiente. Un segundo riesgo medioambiental lo constituye la pérdida de
biodiversidad asociada a su cultivo. Desgraciadamente, ésta se produce desde que
el hombre decidió hacerse agricultor y somos los consumidores con nuestros
gustos los que la alimentamos.
A finales del siglo XVIII, en Lérida había 24 variedades distintas de manzanas.
Hoy sólo se cultivan dos, y ninguna es de las que se cultivaban, sino las que el
consumidor demanda. Para solventar este problema hay que potenciar los bancos de
germoplasma y las colecciones de cultivo. Finalmente, otro posible riesgo
medioambiental consiste en el efecto dañino que ciertas plantas transgénicas
resistentes a plagas pueden tener sobre poblaciones distintas a aquellas contra
las que protegen. Algo que hoy en día también se produce mediante el empleo de
insecticidas convencionales.
Percepción social de
los alimentos transgénicos
Un porcentaje elevado de los desarrollos obtenidos hasta la fecha se han
conseguido en los laboratorios de las compañías multinacionales de la
agroalimentación. Son las mismas compañías que venden las semillas o los
alimentos convencionales. No se han creado compañías nuevas para vender los
alimentos transgénicos. Algunas de ellas dicen que los alimentos transgénicos
acabarán con el problema del hambre en el mundo. Pero este problema -se podría
hablar del principal problema alimentación mundial- ya se puede solucionar
repartiendo los excedentes alimentarios. En otras palabras, no es un problema
científico sino político.
Las grandes compañías no trabajan en los desarrollos que afectan a países del
Tercer Mundo. Ha sido en laboratorios públicos donde se han construido
variedades de papaya capaces de crecer en suelos ácidos y donde se han diseñado
alimentos que actúan como vacunas, o las variedades de arroz transgénico
anteriormente comentadas que, al contener provitamina A y hierro, podrían ser
capaces de solventar los problemas de avitaminosis y carencia de este metal en
zonas subdesarrolladas, donde este cereal es la base de la dieta.
Todo esto demuestra que centrar el debate de los alimentos transgénicos en una
campaña contra las multinacionales es, cuanto menos, una ingenuidad con un
cierto grado de perversión. Baste recordar un último dato: en febrero del año
2000 el gobierno de la República Popular China anunció que antes del año 2010 la
mitad de la superficie cultivable de este país estaría sembrada con plantas
transgénicas. ¿Es correcto seguir hablando de negocio de multinacionales?
Algunos
interrogantes más
Otra de las cuestiones que se podría plantear hace referencia a la opinión del
consumidor en relación a los alimentos transgénicos. Aunque se han llevado a
cabo muchas encuestas, la heterogeneidad de las poblaciones encuestadas, del
tipo de encuesta o de las preguntas, han dificultado la obtención de tendencias
entre consumidores de distintos países. Además, las opiniones varían en función
del tiempo. A pesar de esto, es posible concluir que, en primer lugar, hay un
desconocimiento profundo sobre qué es un alimento transgénico; en segundo lugar,
existe cierto rechazo a los alimentos transgénicos animales y una mayor
aceptación de los vegetales o fermentados, sobre todo si la modificación
genética afecta al consumidor. En tercer lugar, los consumidores están
unánimemente a favor del etiquetado de estos alimentos.
En resumen, los alimentos transgénicos son una realidad incuestionable que en la
actualidad constituyen un problema económico en Europa. Todos los colectivos
implicados en el debate sobre su comercialización tienen sus intereses: las
compañías multinacionales que los venden y lo quieren hacer cuanto antes, las
organizaciones ecologistas con estructura de multinacional que se oponen a su
comercialización, los científicos que trabajan en organismos públicos y ven
peligrar su tema de trabajo y los periodistas que han encontrado en este tema un
filón de noticias sensacionalistas.
¿Qué hará el consumidor? Es difícil predecir, pero dependerá de la respuesta de
la clase política europea frente a la presión social de los grupos que se oponen
versus la presión económica de las compañías productoras, la posición que
adopten los medios de comunicación y la posible aparición en el mercado de
alimentos transgénicos cuya mejora favorezca al consumidor e implique beneficios
sanitarios, por ejemplo un trigo con poco gluten. En cualquier caso, merece la
pena finalizar estas líneas preguntando: ¿podemos mantenernos al margen de estos
desarrollos?
Bibliografía
-
García Olmedo, F. La tercera
revolución verde. Temas de debate. Madrid. 1998. Excelente repaso histórico a
la aplicación de la mejora genética en la alimentación.
-
Ramón, D. Los genes que comemos. Ed.
Algar, Alzira. 1999. Visión positiva sobre la biotecnología de alimentos donde
prima la divulgación sobre la profundización en los conceptos.
-
Riechmann, J. Cultivos y alimentos
transgénicos: una guía práctica. Fundación 1º de Mayo, Madrid. 2000. Visión
crítica de los alimentos transgénicos con escasa rigurosidad científica pero
interesantes aportaciones socio-económicas.
Fuente: SisAgro.com.ar
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