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Revista Nro. 50

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Historia - UNA INDUSTRIA PIONERA

 

(16-02-2006) Las plantas cárnicas fueron las adelantadas de la manufactura local. El primer frigorífico nació de un
saladero reconvertido. Revisando la génesis de esta actividad agroindustrial, se puede entender la complejidad de la cadena pecuaria.

Jorge Schvarzer1 plantea que fue la naturaleza pródiga, más que el esfuerzo y la inventiva local, lo que permitió que a fines del siglo XIX, los países ricos del mundo comenzaran a pagar buenos precios por nuestros cereales y carnes. El considera que la fértil pampa húmeda le permitió a la Argentina gozar tempranamente de una fortuna especial. Pero esas condiciones excepcionales, argumenta el economista argentino, eran circunstanciales y aunque duraron medio siglo, estaban llamadas a terminar. La Argentina perdió su ventaja relativa porque otros países aprendieron a producir carne y cereales en mayores cantidades y a menores precios. Entonces, la solución consistía en pasar al sistema fabril y alentar la producción de nuevos bienes. Un combate que todavía estamos librando.

PRIMEROS FRIGORIFICOS
A mediados del siglo XIX había que ser valiente para comer la carne procesada por los saladeros. Era un alimento duro, de olor desagradable, que sólo se había logrado exportar para los esclavos del norte de Brasil y los trabajadores de las Islas del Caribe. El comercio internacional de carnes estaba acotado por una demanda escasa y amenazado por el fin de la esclavitud. Sin un impulso técnico ni una visión empresarial, los saladeros fueron muriendo gradualmente a medida que se achicaba la demanda.
Pero en las últimas décadas de ese siglo una nueva industria los vino a reemplazar: el frigorífico. Las primeras reses con destino a Londres se despacharon en 1883 del único saladero reconvertido. Pertenecía a Eugenio Terrasón y estaba en San Nicolás de los Arroyos. Gran Bretaña necesitaba carne barata para alimentar a su población. Los productores y técnicos argentinos, estadounidenses y australianos respondieron a esa demanda. El barco a vapor fue un símbolo de la estabilización de las condiciones básicas para el salto de esa actividad. Hasta 1902 sólo existían tres frigoríficos, pero en poco tiempo un grupo de grandes empresas dominó todo el negocio.
Las plantas duplicaron el tamaño pero los productores criollos no entraron en el negocio ni asumieron el riesgo de la comercialización (cosa que sí ocurrió con Australia). Para algunos autores, la falta de participación de los ganaderos en el negocio frigorífico fue lo que alentó un temprano oligopolio del sector. Schvarzer plantea que a partir del siglo XX los sucesivos gobiernos argentinos estimularon la instalación de frigoríficos con la rebaja de impuestos y en algunos casos con la oferta de subsidios, pero no establecieron condiciones sobre el origen del capital ni imaginaron criterios de defensa del productor local. Plantea también que el éxito argentino en el mercado británico, por entonces el único disponible para la oferta internacional de carne, provocó la reacción del Trust de Chicago, que controlaba el negocio en Estados Unidos y era el mayor exportador mundial. El ingreso de Swift, en 1907, marcó un punto de inflexión en la industria local. Se rompía con el oligopolio inglés y con los capitales norteamericanos se incorporaban nuevas técnicas productivas. A pesar de estos adelantos, las condiciones operativas no exigieron en las décadas posteriores una modificación dinámica de los comportamientos empresarios. Los aspectos negativos de este auge industrial, recién comenzaron a percibirse muchos años después. Revisar la génesis de los frigoríficos, nos permite entender la complejidad de esta cadena pecuaria.
 

A partir de 1905 las exportaciones de carne argentina lograban superar en volumen al mayor proveedor de entonces, Estados Unidos


1- La Industria que supimos conseguir: una historia político-social de la industria argentina. Editorial Planeta, 1996.

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